Se
despertó helada.
Fue a comprobar que la ventana estaba cerrada, lo
estaba.
Enlazó los brazos fuerte alrededor de su pecho y escuchó
un chasquido, como miles de cristales rompiéndose. Los oyó muy cerca pero nada
más, siguió con su rutina, como cada mañana.
Abrió el agua caliente, dejó caer la blusa del pijama y
entró en la ducha.
Sintió miles de pinchazos y de nuevo eses chasquido,
cerca, era su piel la que crujía, le quemaba, no sabía de dónde venía ese dolor
tan intenso...
Comprendió que el frío venía de ella, era ella, estaba
cubierta de escamas de hielo que el agua trataba de derretir.
Hacía días, semanas, quizá meses, ya ni recordaba cuándo
fue la última vez que había reparado en sí misma. Los días habían pasado, se
había acostumbrado al reloj, a olvidar, a dejarse llevar, a una tranquilidad sin
sorpresas, sin emoción... Había ido apagando los interruptores de sus luces, de
sus deseos, de todo aquello que la hacía vibrar. No sabía cuánto tiempo llevaba
así, o quizá sí y había preferido guardar el calendario y convencerse de que no
necesitaba más, que no quería más.
El frío era ella.
La piel es una red de sensores que captan estímulos y
producen sensaciones que nos mantienen en contacto con el exterior y nos avisan
de los peligros que hemos de salvar para sobrevivir. De todas las sensaciones,
la menos deseada es el dolor, pero el dolor es vital porque nos mantiene vivos,
206 huesos y más de 600 músculos, un cerebro, adrenalina, instinto de
supervivencia.